Zapatillas

Enlaces:

En 2006 SLAYER lanzó su obra Christ illusion, la primera desde 1990 con la alineación clásica y en la que, para sorpresa de nadie, seguían fieles a su línea, tanto musical como líricamente. Una de las canciones del disco, «Jihad«, contaba el atentado del 11-S desde la perspectiva de los terroristas. En una sociedad tan sensible como la norteamericana cabría esperar una reacción de los sectores más conservadores… pero sólo hubo indiferencia.

Tom Araya explicó la falta de respuesta popular con un simple “es SLAYER siendo SLAYER”. Y es que si en 2006 a nadie le cogía por sorpresa que un grupo de heavy metal cantase sobre Satán y terrorismo, en 2021 menos aún. Como un niño revoltoso que no para de crear problemas, a la quinta o sexta dejas de sorprendente y lo ves normal.

Sin embargo, un rapero bajo el nombre artístico de Lil Nas X lanza unas zapatillas deportivas con temática satánica, unas gotas de sangre humana y hace un vídeo donde seduce al Diablo, baila sugerentemente ante él y acto seguido le parte el cuello. La reacción que no tuvieron SLAYER hace quince años la ha obtenido este intérprete por actos que en gravedad están a años luz de otros que hemos visto a músicos de heavy metal o de hip hop.

La respuesta corta es que el heavy metal ha sido tan asimilado por el sistema que ya no tiene impacto alguno. Quien piense que este género es antisistema, políticamente incorrecto, el símbolo de la rebeldía de la juventud y otras gilipolleces, que vuelva de 1985. No hablamos de un falso victimismo como el del grunge matando al metal que tantas veces se ha repetido y que lo único que hizo fue limpiar mierda en la industria, sino de algo bastante más preocupante: la indiferencia, y buena parte de culpa la tienen los propios seguidores.

Una de las medallas que solemos colocarnos los “heavies”, “metalheads” o como queramos denominarnos, es la fidelidad hacia nuestros ídolos. Una vez que descubrimos a un grupo que nos llena, estaremos pendientes de cada uno de sus lanzamientos, los compraremos en formato físico, iremos a sus conciertos, puede que los critiquemos de manera excesiva, pero siempre estaremos pendientes. Es una virtud fantástica, pero con un reverso tenebroso. Una vez que creamos nuestros altares, lo que venga después será una mierda, nada será como los seis primeros discos de BLACK SABBATH; quizás haya cosas que estén bien, pero es que no serán lo mismo.

¿Por qué se lleva años hablando de un relevo generacional que nunca llega? Porque no es normal que grupos con más de veinte años a sus espaldas, como GOJIRA, “sólo” llenen grandes recintos y tengan que ser el pez pequeño en arenas, cuando los franceses tienen un sonido inconfundible, guste más o menos su propuesta, lejos aún del poder de convocatoria de unos IRON MAIDEN o JUDAS PRIEST. Tanto a ellos como a MASTODON o AVENGED SEVENFOLD podríamos aplicarles el cuento de “si hubiesen salido décadas antes, serían mucho más reverenciados ahora”.

Lo que nos lleva al siguiente punto: la mentalidad “cubo de cangrejos”. Imaginemos precisamente ese cubo lleno de crustáceos. En el mismo, cada vez que uno de ellos intenta subir es arrastrado por el resto al fondo del barril. Ni uno sólo avanzará y saldrá del montón. Con el metal pasa lo mismo. Cada vez que un grupo trata de salir hacia la superficie, es apaleado: “son unos vendidos”, “son unos mierdas”…

Probablemente Michael Amott componga con el piloto automático en ARCH ENEMY y seguramente le dé igual, porque sigue facturando billetes con los mismos temas facilones y comerciales. Pero tiene un enorme mérito pasar de tocar en salas de mala muerte en Japón a tener un espectáculo de pirotecnia como cabezas de cartel en Wacken. Y no, disto muchísimo de ser fan de los suecos, siendo de aquellos que opinan que los discos que valen la pena son los tres primeros con Johan Liiva. Pero mi hipocresía no me impide reconocer el esfuerzo ajeno.

¿Y a mi qué coño me importa que SABATON o VOLBEAT sean cabezas de cartel si sólo voy a ver bandas underground? Más de lo que parece, puesto que la industria musical es un enorme ecosistema interconectado.

Vayámonos a un hipotético mundo purista donde IN FLAMES nunca se vendieron y siguen haciendo discos fantásticos de death metal melódico. Siguen escuchándolos todos aquellos que compartieron sus cintas en los 90, más algunos amigos/familiares de estos fans primigenios. Sin embargo, muchos de sus fans se hacen viejos, crean familias y no disponen del mismo tiempo y recursos para ir a ver a su banda favorita. La banda de Jesper, que ya iba justa de dinero para girar, se encuentra con que cada tour tiene menos asistencia, entra menos dinero, y los músicos, que también son personas con vidas ajenas a la música, se ven en la tesitura de que la banda es un agujero negro monetario y ya no les compensa. ¿La solución? Retirarse de la música y echar CVs por el centro de Gotemburgo. Ya no habrá más IN FLAMES.

En este universo paralelo no existen los posers de diecisiete años que no saben lo que es el metal de verdad y jamás descubrieron a los IN FLAMES con sus discos de vendidos. Jamás pudieron adentrarse en sus álbumes auténticos y mucho menos indagar en grupos similares modernos menos conocidos, incluido el proyecto que tienes con tus colegas los fines de semana donde fusiláis los riffs de Lunar strain una y otra vez.

No es obligatorio que te tengan que gustar sí o sí; de hecho, he puesto ejemplos de relativo éxito musical que ni siquiera me gustan, pero son peces grandes que, si bien no son de mi agrado, son indispensables. En mi caso personal, sin LINKIN PARK no habría llegado a FUNEBRARUM.

Una mentalidad de desprecio a lo popular y al éxito que a largo plazo afecta a todos los estratos de la cadena. Quizás no haga falta llegar a los extremos del hip hop, donde en algunos casos hay ostentación excesiva. Pero ahí no hay un estigma por ganar dinero con tu arte, es algo celebrado unánimemente.

Podemos extraer la enseñanza de que es sano y respetable ganarse la vida mediante la música, vivir de manera digna (siempre y cuando se haya ganado ese dinero sin explotación ni mala praxis, claro) y desear que tu música sea apreciada por más personas.

Siguiendo con los mundos paralelos, si Lil Nas X hubiese estado más preocupado por ser un purista, no habría llegado a tener el suficiente dinero como para acometer la arriesgada empresa de las zapatillas y cabrear a una multinacional y al cinturón de la biblia estadounidense. Ni hacer un videoclip con una temática tan alejada de lo que se espera del género… mientras que la innovación en el metal es un pecado capital tan grande como tener tu cuenta corriente saneada. Un inmovilismo creativo que fue digno de parodia hace no muchos años.

Una vez más, no hay nada de malo en celebrar el pasado y ser fiel a ciertos subgéneros, ni es obligatorio ser entusiasta con cada pelotazo comercial o que un cambio radical en tu banda favorita tenga que gustarte sí o sí. Pero sería todo un detalle no ser el cangrejo que baja al otro fan que sí disfruta de esos aspectos.

Posiblemente el hip hop sea un mundo que, en aspectos sociales, esté mucho más atrasado que este, con más casos de machismo y homofobia rampantes, pero jamás ha tenido miedo de los cambios, ni de introducir a nuevos artistas colaborando con antiguos. Hay respeto por el veterano, pero no hay dictadura de lo viejo. Mientras que, en el metal, muchos pusieron el grito en el cielo porque MEGADETH teloneasen a FIVE FINGER DEATH PUNCH en la gira europea prepandemia. Los primeros tendrán mucho más legado, pero son los segundos los que más entradas venden y más público joven atraen. Y eso, al final del día, es fundamental para la supervivencia del género.

Es significativo que un género que hace treinta años representaba el inconformismo y la innovación musical haya quedado como aquel viejo que desprecia a los jóvenes porque ellos no saben qué es la música de verdad, enfadado ante un mundo que no puede comprender, y cuyo único recurso para ser relevante durante unos instantes sea sacar a relucir sus valores más rancios y anquilosados. Volvamos para atrás, que me da miedo todo.

Comparte: