XXII SWR BARROSELAS METALFEST – Barroselas (PRT) – 26/04/2019

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Nunca es fácil encarar la narración de un evento como el SWR Barroselas Metalfest. Varios días de paliza sonora, la escasez de neuronas y una visión ciertamente surrealista de los hechos no ayudan demasiado a encarar esta crónica. Con todo, vamos a intentarlo manteniendo cierta objetividad periodística, si bien el consejo para quien encara la lectura de las siguientes líneas es que se la tome como una ficción basada en hechos reales donde se han suprimido algunos nombres por respeto a sus personas.

Algunas manadas aisladas de desgraciados ya se arremolinan por los alrededores del stage 3 cuando la delegación de Subterraneo Webzine entra exultante por el arco de seguridad de la entrada principal. Entrar en el SWR Barroselas es hacerlo a un auténtico agujero negro, allí donde el espacio-tiempo no existe. Uno sabe que le esperan once horas de continuo machaque cerebral y, con todo, allá por las cuatro de la madrugada es inevitable decir aquello de “¿ya está, ya se acabó?”. Sólo la peor calaña del planeta puede disfrutar con semejante sesión de masoquismo sonoro y negrura pestilente.

Las cosas se suelen tomar con calma en SWR Barroselas, y en esta vigesimosegunda edición no podía ser diferente. El andar pesaroso de metalheads, en su mayoría llegados de los recovecos más inmundos de Portugal y España, es la tónica dominante. A alguno se le ha ido la mano con el lastre: ropajes negros de dudosa higiene, abalorios varios con los que impresionar a sus semejantes, cinturones de balas y demás cacharrería que hacen de aquello una marcha fúnebre de pies de plomo dirigiéndose hacia un mismo lugar, hacia un mismo fin, hacia un mismo final; el camino se bifurca a los pocos metros, allí dónde unos deciden aprovisionarse de las primeras cervezas mientras que otros vamos directos hacia la línea de fuego. Atrincherados en el frente, se puede ver a algún lugareño que aprovecha que la entrada al recinto del stage 3 es gratuita para ver lo que por allí se cuece, hacerse con algún cachorro o la típica bifana, pero sobre todo para curiosear con sus hijos, aunque la familia al completo no aguante ni el primer asalto. “Vámonos para casa, hijo; esto es la misma mierda de todos los años pero están más viejos y más acabados”, parece rumiar un desilusionado padre que acaso mantenía la esperanza de que alguna banda de fado se colara entre tantas “músicas brutais”.

Los NAKKIGA justo finalizan su actuación en este escenario de libre entrada sin tiempo todavía para encender la máquina de hacer fotografías que, ya con la oscuridad que se vislumbra en el palco más pequeño de los tres, auguro que aquello más que fotografías acabarán siendo daguerrotipos. Para empezar a disparar habrá que esperar unos pocos minutos hasta que comience el siguiente show, que no es otro que el de los belgas TURBOWARRIOR OF STEEL. La formación da un show corto, tremendamente intenso y efectivo con el que se meten en el bolsillo al poco público todavía allí presente. No hizo falta mucho más que darle “zapatilla” al personal, miradas cómplices y un rollo a lo MUNICIPAL WASTE más que evidente. En Barroselas no hay medida, y tras la oscuridad de los vascos NAKKIGA los TURBOWARRIOR OF STEEL fueron todo un chute de optimismo con el que encarar la tremenda jornada que nos esperaba en la carpa principal y sus ya clásicos dos escenarios.

El escenario más pequeño de los dos es algo austero en sus formas y más cumplidor en cuanto a potencia de sonido y esa atmósfera opresiva que las fuerzas de mal allí se encargan de alimentar. Precisamente esta última virtud, de la que se benefician bandas de pelaje doom, fue un poco el lastre para los brasileiros WOSLOM, quienes tocaron sumidos en la más profunda de las oscuridades, no sé si por petición propia o por requerimiento legal, pero la cuestión es que tardaron un poco (bastante más que sus compañeros de gira, los TURBOWARRIOR OF STEEL) en poner a mover al personal. Evidentemente, con ese thrash metal que respeta el patrón moderno de bandas que pescan en el old school, como pueden ser HAVOK, no les fue difícil congeniar con el público, máxime cuando el idioma es el mismo que el de la mayoría de las cabezas insensatas que por allí se encontraban haciendo molinillos.

Todavía los WOSLOM no habían apagado los amplis cuando en el escenario principal salieron a la palestra lo que a la postre sería una de las actuaciones más destacables de las 22 que pude ver, una por cada año que lleva el festival celebrándose para desgracia de los habitantes de este pequeño pueblo y para algarabía de los “camisolas pretas”. ANALEPSY ofrecieron un show tremendamente técnico y brutal, quizás algo estático pero sobresaliente en la ejecución. Con la masterclass que nos brindó Diogo Santana daría comienzo una serie de actuaciones que se caracterizarían por la genial talla de algunos de los guitarristas que pasaron por el “barro” este año. Apoyados por la intensidad de sus compatriotas, que no pararon de montar el cirio, ANALEPSY nos dejó pegados al suelo con temas como “Apocalyptic premonition” y “Engorged absorption”. En los últimos tres contaron con la colaboración del vocalista Sergio Alfonso, miembro de BLEEDING DISPLAY y SCENT OF DEATH, quien ayudó a dar a aquello más dinamismo. El escenario post-apocalíptico cobró forma y, mientras algunos íbamos directos al merch oficial y otros apuraban pasos hacia la próxima e inminente actuación en el Dugeon Stage, acertábamos a comentar que la todavía corta trayectoria de ANALEPSY es realmente brillante. Busquen el Atrocities from beyond (Rising Nemesis Records, 2017) por sus canales habituales.

Ya de regreso a la cripta llamada Dungeon nos citaríamos con la barbarie nihilista de MORTE INCANDESCENTE para bailar un rato al son de las proclamas satánicas del trío lusitano. Esto ya empieza a oler a ceniza y hollín, colega, a auténtico Barroselas. La peña ya lleva una media de seis cervezas en el cuerpo, algunos y algunas bastantes más y lo que no es cerveza también, y se nota en el ambiente y en unos rictus mortecinos que se agravan conforme los riffs afilados y las voces disonantes caen como losetas sobre aquellos hombros escuálidos. Los más callados son los peores, aquellos que deciden enfundarse la capucha de sus negras sudaderas.  Es en esta clase de shows dónde uno piensa que Barroselas, ciertamente, es un buen lugar para morir, aunque posiblemente tus restos sean profanados y usados como parafernalia en la siguiente edición. Bautismo de sangre para algunos de los más noveles que se estrenaban en el festival. Algunos jamás osarán regresar.

Es el momento de ir a respirar un rato al exterior, aprovechando que en el escenario más modesto actuarían por la cara (como todas las actuaciones que se celebran en este escenario) la enésima banda portuguesa, en este caso HUMANART, que si bien también beben del inmundo pozo del black metal, sí que lo hacen con un espíritu algo más moderno que los anteriores. Me recordaron un poco a esas bandas islandesas como MYSPHYRMING, todo a mucha pastilla, guitarras virtuosas, sonoridad apocalíptica y luces rojas… las jodidas luces rojas. Cada vez son de más calidad estos conciertos de entrada gratuita y los más hippies se congratulan de ello. También los perros, que se pasean por allí con la esperanza de que les caiga algún hueso con el que roer algo de este decrépito lugar y a fe que posibilidades hay de ello. Muchos aprovechamos el breve viaje a lo más cercano a la civilización que veríamos en muchas horas para comer algo antes de volver adentro, a la siniestra carpa de nuestros amores donde seguir atormentado nuestros ya deficitarios órganos auditivos.

Todavía pillamos a la banda que en el escenario principal se solapaba con la de fuera, que no era otra que VENENUM. Había decidido no hacer demasiado caso a los alemanes y la verdad es que me arrepiento de ello porque los dos últimos temas que pude ver y escuchar eran de una tremebunda inspiración ocultista, destacando uno de sus guitarristas que, en una suerte de Slash endemoniado y absorbido por mil venenos, no cesaba de machacar pedales y hacer de aquello la versión ácida del circo de los horrores. El personal asentía satisfecho mirándose los jetos unos a otros refutando que la entrada ya había sido amortizada.

Aquello de “vamos de Guatemala a Guatepeor” como que se repite bastante por estos lares y, si lo de VENENUM ya dejó al personal flotando por galaxias lejanas, más valía agarrarse los machos, porque llegaba la hora de GRIME. Esto sí que fue un verdadero desfile de capuchas. Doom espeso, pesado y gangrenoso. Los italianos son viejos conocidos del festival y como que se sentían en casa. Le dieron al personal un sopapo tremendo y alguno ya pedía la hora a dos manos. Este es el punto en el que algunos aceleran la marcha y otros caen desfallecidos. Mantener un ritmo regular no es una opción, es una necesidad. Que te duelen los pies… pues te fastidias. Que se te hace la cosa pesada… pues te aguantas hasta que toquen los THE BLACK DAHLIA MURDER. Que fuera empieza a hacer frío, esto es un ruido del carajo y te parece todo ello una encerrona… ¡Bienvenidos a SWR Barroselas, cariño!

Los cadáveres esparcidos por las esquinas tras la hecatombe de GRIME no hacían prever que fuera a haber tanta gente a los pies del Abyss Stage dónde actuarían los americanos MIDNIGHT, uno de los platos fuertes de esta edición. Pero claro, hay que reconocer que todavía quedan personas con un mínimo de sensatez en la escena y muchos reservaron fuerzas mientras otros dejaban un negro rastro de neuronas machacadas. Así, el ambiente al inicio de MIDNIGHT presagiaba una buena fiesta. El trío de encapuchados nos ofreció un recital dónde reinó el viejo heavy  metal y una actitud bastante punk, a lo NWOBHM, y eso siempre es un aval en un festival donde la media de edad ronda los 30-40  tacos. Si aún por encima se hace con la maestría y la intensidad de esta hasta ahora para mí desconocida banda, la cosa solo puede dejar un excelente sabor de boca. A pesar del cansancio acumulado ya a esas horas, el concierto supo a poco y se hizo bastante corto.

Uno tiene que echar mano del libreto oficial del evento porque ya no sabe ni a qué hora está ni dónde ni con quién. Por no saber no sabemos qué clase de deseos morbosos nos llevan cada año a un lugar como este. Los ya no tan chavales de SCD (SUBLIME CADAVERIC DESCOMPOSITION) ya andan por allí preparados para un nuevo asalto. Dudas si aparecer por allí o descansar. Opto por un híbrido, porque he realizado mal los cálculos y queda tela que cortar. De inicio me planto allí y los franceses, con bastantes tablas en su haber, se ventilan al personal con un grindcore bastante inmisericorde donde destacaría la pericia del guitarrista Guillaume. Por lo demás y a pesar de que divirtieron al personal, el show se hizo algo monótono y les noté algo cansados. Los más cabras del lugar se lo pasaron bastante bien montando circle pits y monerías varias.

Llegamos como en un carro tirado por caballos surcando un cielo de nubes rojizas a otro de los platos fuertes de la jornada. Hay que reconocer que los componentes de THE BLACK DAHLIA MURDER no dieron un mal concierto, a pesar de que el inicio resultó un poco atropellado hasta que la ecualización de todos los instrumentos se estabilizó. Como no podía ser de otra forma, congregaron a un numeroso público, pero también es honesto señalar que una gran cantidad del mismo miraba aquello con los brazos cruzados y más por compromiso que por devoción. El ambiente que unos THE BLACK DAHLIA MURDER te pueden montar en un Resurrection Fest difiere bastante del que pudimos ver en SWR Barroselas, un festival donde se vanagloria el underground muy por encima de cualquier otra cosa. Dieron bastante cancha a su último trabajo Nightbringers (Metal Blade Records, 2017) con temas como “Catacomb hecatomb”, “Jars”, “King of the nightworld” o la propia “Nightbringers”, pero no obviaron sus primeros tiempos con muestras como “Funeral thirst” y “Unhallowed”.

Punto álgido de la jornada sería el show de los canadienses SKULL FIST, que lo tenían todo para triunfar. Repetían tras su paso por el festival hace algunos años y al igual que GRIME sabían de qué iba el cotarro. La banda, con su irreductible heavy metal de corte clásico y algún deje más thrash metal no dejaron que la peña se apalancase ni un solo instante con hachazos de la talla de “No false metal”, “Sing of the warrior” o “Ride the beast”, con lo que aquello se convirtió en un continuo concurso de stage diving.

 

La línea de meta se acerca, pero todavía habríamos de pasar por el escenario principal para presenciar la actuación de uno de los pesos pesados de esta edición. La clásica banda de metal industrial GODFLESH, que se hizo mítica en los noventa, reunió el mayor número de público en este día. Sólo vi la mitad de su show porque, al igual que les pasó a muchas personas, el aburrimiento y la desidia nos derrotaron por completo. Un par de tíos anodinos marcando una distancia insalvable con el público en una especie de rave interminable bajo una iluminación azul. Entiendo que a los más alternativos del lugar les haya hecho gracia, de la misma forma que lo hizo el año pasado «Dj» MORTIIS, y es que las sensaciones fueron similares; o quedabas absorto o caías desplomado de lo tieso que te dejan, e incluso ambas opciones eran posibles. No empezó mal la cosa con temas algo animados como “Sterile prophet” y “Predominance”, pero cuando empezaron a darle cancha a su último trabajo Post self (Avalanche Recordings, 2017) y a la altura de “Parasite”, cuando aún quedaba un buen trecho del océano por surcar, decidí bajarme del barco y dar por casi finalizada esta primera jornada.

Todavía haríamos algo de tiempo hasta ver el inicio de los punkarras escoceses ACID CANNIBALS en el escenario de fuera. La buena vibra de este curioso dúo formado por guitarra/voz y batería nos llevó hasta el final de su actuación, síntoma de que las aguas volvían a su cauce y el ruido volvía a reinar en Barroselas. No tuvimos el coraje suficiente, sin embargo, de quedarnos a ver a SCÚRU FITCHÁDU, la one man band de un caboverdiano que hace un rollo bastante psicodélico y tribalista.

 

 

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