WOODEN VEINS (CHL) – In finitude, 2021

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Nunca le he visto demasiado sentido a eso de dejar un grupo, con cierto nivel profesional, para crear otro similar, bajo un argumento de impulsividad creativa. Siempre me ha sonado más a unas rencillas personales que subyacen en el fondo de la cuestión. Si realmente alguien con cierto nivel (no los mediocres que nos meteríamos en cualquier grupo con tal de tocar) busca hacer otras cosas, qué menos que lo demuestre con su material. Todo eso viene porque los orígenes de WOODEN VEINS llegan hasta dos bandas de culto de doom/death atmosféricas chilenas: MOURNING SUN y los desaparecidos MAR DE GRISES. Fueron Eduardo Poblete, teclista de los primeros, y Juan Escobar, vocalista y también teclista de los segundos, los que decidieron crear este nuevo vástago con la ayuda de Javier Cerda en las voces y Alberto Atalayah a la batería.

Que dos teclistas creasen el grupo dice más de lo que pueda parecen en primera instancia (aunque Escobar aquí se haya reconvertido en guitarrista/bajista). Si ya de por sí sus bandas tiraban hacia la recreación de ambientes, WOODEN VEINS lo convierte aún más en su razón de ser. El doom/death sale por la borda y tenemos una especie de, llamémoslo, progresivo deprimente, como podrían ser KATATONIA, RIVERSIDE o PAIN OF SALVATION. No hay tanta dureza en la música en sí, porque está a disposición de las atmósferas, y cualquier rugido podría estropear un delicado ecosistema. 

La elección de «Thin shades» como apertura quizás sea discutible; es bastante calmada y tiene un nivel relativamente bajo compasado con lo que vendrá más adelante. Pero ya nos deja claro de qué va a ir esto, con la suave voz de Cerda como conductora y los teclados y sintetizadores como auténticos protagonistas, estén al frente o al fondo. Así, «Beyond words«, bastante más dinámica, se siente como un auténtico inicio del disco, gracias a que es la que quizás más recuerde a MOURNING SUN y MAR DE GRISES. ¡Incluso cuenta con blast beats! Aunque todo muy «amortiguado», sea dicho. 

Pero no será hasta «Herradura (By the sea)» cuando el disco comenzará a subir el nivel de manera descomunal. La banda chilena se encuentra muy cómoda y es cuando crea escapismos sonoros muy bellos y acertados (¿que es «by the sea»? pues llevémosles el mar a los oídos), llegando incluso a los límites del space rock. Si la banda me dijese que han estado poniendo en el local de ensayo el Phaedra de TANGERINE DREAM me lo creería. Y realmente dichos paseos al espacio que se pegan WOODEN VEINS son los que van a hacerles destacar. Incluso que un corte de ocho minutos como es «The veiled curse» se quede corto con ese pasaje de flauta final dice bastante de lo bien que están construidas las canciones. 

WOODEN VEINS han sido incluso prudentes. Prácticamente todas las canciones orbitan en torno a los escapismos sónicos; podrían incluso extenderlos en el tiempo, pero eligen poner los pies en la tierra «pronto» con la voz, cuerdas y percusión, y no recrearse demasiado. Pero entiendo que la banda quiere mostrar que son realmente buenos en ambas facetas, que no tienen miedo a meter algo de electrónica, estribillos bien marcados en varias ocasiones o trabajar progresiones más agresivas y no tan ambientales (véase el corte homónimo) para que la obra pueda imprimirse en nuestro cerebro y no acabe siendo un mero instrumento de meditación. Aunque al final del día da igual todo eso; en cualquier faceta en la que se atreven a meterse, caen de pie. 

Es una ópera prima que juega con ventaja, la de los años de experiencia en otras bandas a las que es imposible desligar, pues las influencias siguen en su ADN, pero logra poner la suficiente distancia como para ser una entidad nueva al cien por cien y a la que difícil será superar.

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