WAKE (CAN) – Devouring ruin, 2020

Enlaces:

Lo que un día comenzó siendo una horrenda oruga de grindcore al más puro estilo PIG DESTROYER o WORMROT, que en su etapa de infecciosa crisálida ya dejaba entrever una evolución hacia un corrupto death/grind, ahora que esa crisálida ha eclosionado ha dado vida a una deforme y maltrecha polilla de black/death metal que evoca podredumbre, óxido y lodo. Todo esto siempre dentro de un marco oscuro como las cuencas de una calavera que reposa en una cripta.

No se me ocurre mejor manera de presentar a WAKE y su evolución. Estos canadienses ha conseguido engendrar una de las obras más delirantes, agresivas, versátiles y jodidamente cafres de este puto año de mierda, sirviendo de banda sonora perfecta para estos días caóticos que nos ha tocado vivir. Activos desde 2009, los de Calgary almacenan en los polvorientos archivos de su discografía un EP, tres splits y cinco largas duraciones, incluido este Devouring ruin sobre el que ahora mismo estás leyendo.

Poquito más de tres cuartos de hora de duración que albergan locura, ira, desolación, caos y existencialismo, comandados por una brutal descarga de metal extremo que no hace ascos a nada. Sí, la base actual es una portentosa mezcla de black y death metal, pero lo que hace atractivo este álbum no es esa etiqueta. El uso de las disonancias, un recurso cada vez más frecuente en el metal extremo contemporáneo, está a la altura de algunas obras que representan el máximo exponente en este campo, tales como The approaching roar de ALTARAGE u otras más recientes como Stare into death and be still de ULCERATE o el esquizofrénico EP de SERPENT COLUMN, Endless detainment.

Sin duda alguna, estos WAKE, a pesar de ya haber cruzado el charco para actuar en el Obscene Extreme del 2013, deberían llamar la atención, y mucho, del público devorador de extremo underground y comenzar a asentarse como uno de esos proyectos que acaban convirtiéndose en bandas de culto. La locura compositiva de este álbum es tal que no lo podrían haberla ejecutado músicos sin un mínimo de dominio sobre su instrumento, pues aunque no calificaría la música de WAKE con la etiqueta de “técnico”, es más que obvia la habilidad de estos canadienses para blandir los instrumentos como si de redentores y diabólicos caudillos infernales se tratase.

Voces que esputan con furibundo sentir, expresando todos y cada uno de los sentimientos negativos que te puedas imaginar, como si de un desquiciado apóstol de la muerte anunciando un fin que jamás acabará. Agudos de locura, graves de auténtica bestia del averno y, entre ambos registros, todo tipo de recursos y modulaciones que aumentan o disminuyen según qué sensaciones, cuando el momento lo requiere.

Las guitarras no paran de construir enrevesadas figuras dentro de esas demenciales estructuras también propuestas por las propias cuerdas, provocando al mismo tiempo una obliteración sonora en la que no dejan títere con cabeza. Despliegan todo un arsenal de herrumbrosas y lacerantes armas, representadas por esa potente alabarda infectada que es la base black/death metalera, que no sólo ornamentan con disonancias, pues también tintan con bastante frecuencia las partes más agresivas con acertadísimos arpegios, delirantes progresiones o súbitos contrarritmos. Es brutal que únicamente con las guitarras ya hagan tantísimas cosas, creando atmósferas y texturas con pasmosa facilidad.

Encima, les sobra espacio y agallas para poder mezclar todo esto con alusiones a otros estilos, recurriendo con asiduidad a ese grind cafre y polvoriento que practicaban en sus inicios, pero también aliándose por momentos con el sludge, el crust, guiños progresivos o incluso con algún desliz más propio del mathcore. Vamos, una puta salvajada. No nos olvidamos de un bajo que hace que tanto cuerdas como percusión suenen mucho más arrolladoras, restallando su sonido como cuando un amigo te pega con una olla exprés en la sien para celebrar que vas a ser tío por cuarta vez.

Pero nada de esto tendría sentido, y además perdería calidad, sin la labor de esa endiablada percusión. Brutalísima labor tras los platos, que imprime lógica y cohesiona milimétricamente ese compendio de influencias. Arrebatos de tralla, momentos de tensión, pausas que coquetean abiertamente con el doom, juego de platillos exquisito, redobles, redobles y más redobles y cambios de ritmo que hacen que tu columna vertebral y tu cerebro se enzarcen en una peligrosa discusión sobre si lo que se sacude al sentir música de esta calaña es la cabeza o el esternón. Yo, desde luego, tras la cantidad de escuchas que le he pegado a Devouring ruin, ya no sé ni dónde tengo el duodeno.

Comparte: