PSYCHOTIC WALTZ (USA) – The god shaped-void, 2020

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Me entusiasma la idea de escribir sobre el nuevo disco de PSYCHOTIC WALTZ, y me entusiasma no porque esta reseña vaya de lo bueno o malo que me ha parecido The God shaped-void, y tampoco porque hayan pasado veintitrés años sin poder escuchar nada nuevo de esta gente. Esta reseña va de sentimientos, de buscar la empatía del lector y de lo que para un humilde redactor ha significado, significa y significará esta banda, que bien podría haber sido otra cualquiera, porque todo esto no deja de ser un homenaje a la iniciación, esa por la que tú también has pasado, y seguro que sobre ello algo nos tendrías que contar.

Mi estrecha relación con PSYCHOTIC WALTZ nace en 1996. Quien suscribe estas líneas era todavía un imberbe insensato, un mocoso sin dos dedos de frente, un proyecto de melómano obsesionado con acumular ingentes cantidades de cassetes de grupos metaleros, no todos originales y la gran mayoría pésimamente grabados. En el instituto el mercado negro de cintas (como comúnmente se les denominaba) funcionaba con eficacia entre el escaso círculo de metaleros que por allí barríamos las horas del día hasta que la sirena nos mandaba de vuelta a nuestras inmundas cavernas. Metaleras, ninguna había. En plena vorágine por compartir aquellos trozos de plástico de cinta magnética, alguien empezó a vender las bondades del compact disc. Con un impío y chinado harapo de SEPULTURA por orgullosa vestimenta y una cinta del Ride the lightning como letal arma arrojadiza, uno no podía más que ser escéptico ante tamaña campaña de desprestigio hacia las cintas por parte de aquel imbécil abrazado al progresismo más vomitivo.

Hete aquí que la vida empieza a poner aros en el camino, y uno de los primeros por los que hubo que pasar fue dar un paso hacia delante hacia la era digital que, como un Godzilla virtual, nos había atrapado. Reunido el suficiente dinero tocaba visitar la tienda de discos, situada en un centro comercial de esos donde se reunía toda la patulea de pijos y pijas con muchas ganas de enrollarse, ignorantes en grado sumo en su gran mayor parte. De repente una portada de esas de “qué paranoia, tío” invade mi campo de visión. Era el Bleeding de unos tales PSYCHOTIC WALTZ, y fue el primer CD original que adquirí. Fue el portal de entrada hacia una melomanía cabalgante hasta tiempos presentes .

¿Y cómo un disco se puede convertir en tan especial para una persona, en casi una enfermiza obsesión?. Bleeding fue el disco de cabecera de todas aquellas noches en las que uno llegaba a casa un tanto pasado de vueltas. Por alguna extraña razón, aquellas canciones que hablaban de la muerte en sus más diversas formas eran para mí el mececunas ideal. De día seguían cayendo los KREATOR, MEGADETH, SEPULTURA o TANKARD; de noche, y a ser posible medio beodo, PSYCHOTIC WALTZ. Había algo magnético en aquellas canciones y solo con los años lo acabé averiguando. Los de San Diego no eran más que unos hippies oscuretes herederos de BLACK SABBATH pasados por un tamiz algo más luminoso (ahora se diría “progresivo”) y con una carga melancólica bastante notable. Posiblemente yo ya era por entonces una persona abrazada a la tristeza, o lo que el maestro Howard Phillips Lovecraft llamaría “gentes elocuentes de notables carencias afectivas”, y PSYCHOTIC WALTZ activaron los resortes que en un futuro no muy lejano me llevarían a transitar por los funestos caminos del doom metal.

PSYCHOTIC WALTZ  han tardado veintitrés años en sacar nuevo material discográfico. Ya no daba un duro por ellos tras haberles perdido la pista algunos años después de mi adorado Bleeding. Hace un par de años supe de la vuelta a la actividad en directo de la que está considerada una verdadera banda de culto, y la buena acogida que tuvo aquel regreso propició su fichaje por Inside Out. El resultado es este The god-shaped void que llevo días disfrutando.

The god-shaped void demuestra que los integrantes de la banda no han estado encerrados en una cueva y llegan al 2020 en plena forma y sabiendo perfectamente los parámetros por los que se mueve el progresivo. El disco ha sido grabado por la formación original y se nota en la idea y clarividencia con la que nos muestran su genuina propuesta. A su vez, el sonido que han logrado es ciencia ficción si lo comparamos al de sus discos antiguos, que a pesar de ser de una tremenda calidad sí que se notaba que no estaban grabados con los mejores medios disponibles. En este sentido, el nuevo milenio le ha sentado muy bien a PSYCHOTIC WALTZ, y todos aquellos que no conocían a la banda lo harán en el mejor contexto. De hecho muchos se preguntaran «¿y estos tíos de dónde han salido?«.

Todo lo bueno de PSYCHOTIC WALTZ sigue estando ahí. La voz maravillosa de Devon Graves (DEADSOUL TRIBE, THE SHADOW THEORY…), tan cálida y arropadora, oscura y triste, tremendamente evocadora. Unas guitarras que han ganado empaque, geniales en el riff heredero de los BLACK SABBATH y flirteando más que nunca con el metal progresivo de nuevo cuño en los cortes más agresivos y en aquellos donde bajan revoluciones dándonos una buena ración de rock progresivo de herencia setentera. Los teclados por su parte ponen como siempre en esta banda la nota psicodélica que acompaña al nombre de la banda y junto al uso de la flauta firman algunos de los cortes más angustiosos y mortuorios tan típicos de la formación. En la base rítmica quizás es donde menos cambios se notan, si bien es una delicia escuchar estos instrumentos con una producción tan de primera división.

Los ecos de discos como A social grace, Into de everflow y Bleeding están ahí latentes, y The god-shaped void bien podría ser la versión actualizada de aquellos, sobre todo de los dos primeros, mucho más progresivos que Bleeding y Mosquito. Aquí hay temas con los que disfrutar con una buena copa de vino en la mano, como esa belleza que es “The fallen”, donde demuestran ese abrumador dominio de las guitarras acústicas. Pelos como escarpias. El inicial “Devils and angels”, ejemplo de progresivo moderno pasado por el tamiz clásico y con un estribillo antológico. El disco está colmado de momentos mágicos que abrazan la épica sonora, caso de “Sisters of the dawn”, “All the bad men” o “In the silence”.  Un manjar para saborear lentamente y, a ser posible, en soledad.

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