NISHAIAR (ETH) – Igewanda, 2018

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Como norma general podríamos adjudicar el calificativo “prolífica” a cualquier banda que alcance una media aproximada de un lanzamiento por año, algo que viene siendo cada vez menos común. En el caso de NISHAIAR desde 2016 promedian la astronómica cifra de una publicación cada seis meses, con su EP debut y los discos Universum e Irix Zerius, a los que se une ahora este Igewanda. Habría espacio para la duda razonable que llevara a preguntarse si esta vasta productividad, tan sorprendente como inesperada, sucede a costa de la calidad y/u originalidad. Lo cierto es que, hasta la fecha, han sabido mantener un nivel óptimo en todas sus creaciones.

Irix Zerius supuso una cierta evolución respecto a Universum, abandonando en parte ese aspecto cósmico para adentrarse en los parajes terrenales de lo étnico y lo tribal. En esta ocasión parecen optar por el mismo enfoque, si bien se advierte, sea o no una cuestión intencionada, que el black metal va cediendo terreno en favor de lo ambiental y atmosférico. Ya fue señalado anteriormente que los oídos que se prestan a escuchar la música de esta banda etíope deben hacerlo dejando atrás ideas preconcebidas, etiquetas y expectativas prefabricadas. En el universo creativo de NISHAIAR, el black metal es uno más de los elementos que lo componen, de tal manera que nos hallamos ante un disco de metal que, al mismo tiempo, no lo es en absoluto. Y no lo es porque sería de total injusticia limitar a una somera definición lingüistica una experiencia que trasciende todo tipo de barreras.

La breve intro y el primer tema, “Igewanda“, revelan la intención de acercarnos aún más a los paisajes africanos. Un predominio absoluto de lo atmosférico con etéreos teclados y una voz femenina que habla, presumiblemente, en el lenguaje amhárico, cuestionan por momentos el estilo musical en el que nos movemos. Cuando el metal hace su entrada se integra de manera elegante y sutil, sin el fragor habitual del género y, aunque con “Nayan” el ritmo se eleva y la percusión toma las riendas, no es hasta pasado el cuarto de hora cuando alcanzamos un cierto grado de intensidad. Es en la cuarta pista, “Duhanakhar“, cuando las guitarras se zafan del papel de comparsa ejecutando las primeras melodías marcadas, y la característica voz gutural difuminada hace acto de presencia, todo ello alternado con fragmentos de puro corte ambiental. Esta fórmula se repetirá en “Menigedi“, “Kanawe´” y “Manh-abdare´“, mientras que cortes como “Jou Ay Nareb” y “Twarebor” se acercan a terrenos del new age, el ambient y el folk. Por su parte “Meli´aki Adanyi” y el cierre “Sawaknal” nos mostrarán los dos puntos más extremos unidos en dos impresionantes temas.

La elegancia con que se difumina esa fragancia diluida de black metal, sin parecer un elemento desdibujado, y la manera en que los teclados y las guitarras arrastran las notas, provocan una suerte de trance del que se hace difícil escapar. Los minutos se suceden sin ser conscientes del paso del tiempo y el oído se pierde en la riqueza de unos ornamentos de exquisita factura. Pasajes narrados, coros, instrumentos de viento o de cuerda, tambores engarzados con suma delicadeza nos sumergen de lleno en los colores rojizos de las áridas tierras etíopes, en la magia de una cultura  enigmática y la naturaleza férrea de un mundo en el que la existencia es tan ardua como pura. Una vez más NISHAIAR nos muestra horizontes que en nuestros mapas eran retazos mudos y melodías que expanden la mente, recordándonos que habitamos una minúscula fracción de un planeta colmado de tesoros que desconocemos.

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