Los armarios de acero

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Llevo escuchando rock y metal desde que tengo memoria, literalmente. En mi casa siempre ha sido una constante. AC/DC, JUDAS PRIEST, IRON MAIDEN, ACCEPT. Porque lo petaron mucho en los ochenta y, como nacido en los noventa, estaba muy fresco. Aún le regalo a mi madre CDs que tenía en vinilo, para que los ponga en el coche, camino al trabajo (y se acelera, se da cuenta y tiene que soltar el pedal para evitar que le pongan una multa). ¿Cómo no vamos a sentirnos todos identificados con esa sensación? Esa adrenalina, esa marcha y ese ritmo invadiendo nuestro cuerpo, adueñándose del sistema nervioso. Pocas cosas me hacen sentir más vivo.

¿Pero qué pasa cuando empiezas a tener consciencia de tu identidad sexual o de género y todo estímulo a tu alrededor es un refuerzo negativo? La camiseta de Sebastian Bach (SKID ROW) que decía “el SIDA mata a los maricones bien muertos”. El calificativo “GAY” de Kerry King hacia MACHINE HEAD (entre otros) porque su música les parecía basura. Los comentarios a pie de barra de “Halford será maricón, PERO…”. Las letras de un proyecto en el que participaron Sam Totman y Herman Li (DRAGONFORCE), sobre asesinar gays y lesbianas. Los tweets de miembros de DEAFHEAVEN utilizando epítetos homofóbicos contra cualquier usuario que les lleva la contraria (podría, por desgracia, seguir así durante páginas,pero si introducís “LGTB Heavy Metal en google es una fiesta de ganas de llorar). ¿Cómo se supone que alguien que ama tanto algo, como es el metal, tiene que convivir con eso?

He sido muy consciente de mi orientación sexual desde que tendría doce o catorce años (borrosos, borrosos recuerdos), y no siempre me he aceptado. He pasado, como otros tantos, por etapas de estigma, complejo y, finalmente, de aceptación. Aunque no siempre pueda decir orgullosamente que soy bisexual, porque seguimos viviendo una LGTBfobia tremenda en todos y cada uno de los ámbitos de nuestra sociedad. Y el metal no se salva.

No vayamos de progres, que tenemos mierda para dar y regalar en nuestra propia casa. Hay machismo, hay racismo y hay mucha LGTBfobia. Nos guste o no. Si no, ¿Por qué obviamos que se sigan haciendo comentarios hirientes sobre Paul Masvidal o Sean Reinert, definiéndolos a través de su orientación en lugar de los logros a lo largo de su carrera? ¿Por qué buscamos comparar a gente como Mina Caputo o Laura Jane Grace como si hubiesen tenido dos identidades, transicionando a la segunda POR CAPRICHO en lugar de porque esa ES SU IDENTIDAD REAL? O Billy Joe Armstrong y la eterna lucha por calificar su música de basura porque es bisexual.

Seguimos barriendo bajo la alfombra que gente como Faust asesinó a un hombre porque era homosexual “y se le insinuó”. Aquello fue suficiente provocación para él, así que decidió que era mejor eliminarlo de la faz de la tierra y sentirse muy orgulloso de ello. Pero como su música nos gusta, nos ponemos una venda en los ojos y solucionado. “Yo no veo lo malo, yo me quedo con la música, que es lo que importa”.

Nadie os está diciendo que dejéis de escuchar EMPEROR o SLAYER. Eso depende de vuestros gustos personales. Lo que ya no está tan bien es hacer como si algo no existiese. Solo porque nos gusta su música y no podemos concebir que esa persona sea puta escoria. Eso solo sirve para negar y olvidar que esa persona odia a otras personas en base a su identidad de género u orientación sexual.

Y es que es tan necesario tener ejemplos de personas LGTB dentro del metal de las que sentirse orgullosos… ¿Qué hubiese sido de tantos que, como yo, se vieron reflejados en gente como Halford o Masvidal? El único estímulo que hubiésemos recibido hubiese sido el de “eres un error, estás mal, eres un enfermo, este no es tu lugar”. No somos un error. No somos enfermos. El metal nos pertenece por derecho, porque somos los descastados de los apestados. Somos aquellos que, incluso dentro de un grupo de parias sociales, aún estamos más aislados, reprimidos, y castigados.

Claro que el siglo XXI ha llegado, se habla abiertamente del tema, hay otros niveles de aceptación y cierta garantía de derechos. Incluso existen géneros como el queer punk o queercore (estos darían para otro artículo). ¿Pero de verdad hemos avanzado? Aún tengo que oír comentarios del tipo “qué mariconada” para referirse a un disco. Aún se dicen cosas como “tal cantante femenina, que antes era un hombre”. Y aún se sigue hipersexualizando a mujeres que tienen el valor de salir del armario, porque con ellas además está el asunto de que se las sigue considerando objeto de consumo. Antes eran carne con la que tener fantasías, ahora son carne con la que tener MÁS fantasías.

Esa es la visión del mundo que nos rodea, dentro de nuestra propia escena. Una escena que tenemos que limpiar si queremos seguir diciendo lo orgullosos que nos sentimos del ideario de libertad que predicamos. No es un llamamiento a una caza de brujas, sino a reeducarnos y comprender qué hemos hecho mal y qué podemos hacer para cambiarlo. Para evitar que adolescentes tengan miedo de decir “me gusta MEGADETH y además soy lesbiana” (recordemos los comentarios de Mustaine que en los que afirmaba que no podía aceptar según qué aspectos de la homosexualidad por motivos religiosos. O que tengan que ocultar que son una mujer trans para poder decir que les gusta METALLICA. O, precisamente, ocultar que escuchan SLAYER, porque eres gay y su guitarrista ha hecho comentarios homófobos. Y los sigue haciendo.

Seamos sensatos. Seamos humanos y tengamos respeto. ¿Acaso no predicamos que el metal hermana? ¿No se nos pasa por la cabeza cierto vídeo en el que Lemmy le decía a un chico negro que mandase a tomar por el culo a toda la gente que le criticase por escuchar MOTÖRHEAD siendo negro? Me doy cuenta del salto en este último ejemplo, pero cuesta encontrar algo que ilustre perfectamente el “que le den por culo a los demás, sé tú mismo, haz lo que te haga feliz” y que se adapte a este tema. No es que gente como Gaahl, que tan orgulloso se sentía de sí mismo, haya hecho mucho por ayudar… porque tener el poder para cambiar las cosas y no hacer uso de él también es bastante feo.

Y tenemos que hacerlo entre todos. Entre quien no ve, quien no quiere ver y quien puede hacer que los demás lo vean. Porque de nada sirve corear las canciones de MANOWAR sobre lo hermanos que somos y lo unidos que estamos si luego vamos a dejar de abrazar al de al lado en un concierto porque “vaya, es maricón, me da miedo que dos hombres sin camiseta se toquen”.

Me hubiese gustado añadir aquí las opiniones, a modo de entrevistas cortas, de gente LGTB del mundo del metal (somos muchos en España, más de lo que parece). Pero por desgracia muy poca gente quiere abrirse, salir del armario, decirlo de una manera más abierta que otros. Y están en su derecho. ¿Cómo no estarlo si en el mismo momento que abran la boca, en el mismo instante en el que este artículo se publique, comenzará el chismorreo, el desprecio y los comentarios fuera de lugar? Hay quien se ofreció voluntario. Hay gente que he descubierto que eran LGTB, pero que lo mantienen en un ámbito completamente privado. Lo que demuestra que seguimos viviendo con miedo.

Si eso no os sirve para que nos entre en la cabeza que el metal necesita cambiar y ser más LGTB friendly, es que he fallado en algo con este artículo.

 

 

 

 

 

 

 

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