La fábula de los Risketos

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Ale, voy a contar un cuento:

Erase una vez un señor que tenía una tienda de chucherías en el barrio de Malasaña. La cosa le iba bastante mal por el tema de la gentrificación, y a diario pensaba en echar la persiana al que había sido su negocio durante décadas. Sin embargo, un buen día entra por la puerta Najwa Nimri, se compra un paquete de Risketos y la tiendita se pone de moda.

¡TACHAAAN! De la noche a la mañana nace entre los gafapastas capitalinos una fiebre desmedida por los Triskis, las gominolas y los Morenitos congelados. Aparecen visionarios que, en lugar de hortalizas variadas, añaden un puñado de Rufinos al gintonic (Adiós al pepino y la rúcula), e incluso substituyen el hielo seco y los jarabes frutales por trozos de Flash de limón. Los gastrobares deconstruyen Manchibolas con nitrógeno líquido, y el buen hombre de la tiendita se convierte en un trend gurú en visto y no visto.

Nuestro protagonista decide empezar a franquiciar, abriendo delegaciones de su tiendita de barrio en La Latina, Vallekas y La Moraleja. El dinero entra a espuertas, y a sus 63 años se deja barba larga, se hace tres tatuajes, se pone cuatro piercings e incluso le da por endiñarse una dilatación en la oreja (Con un par). La fama y la fortuna le sonríen. Pero un buen día Carlos Jean, de paseo por Leganés y al no encontrar ningún local lo suficientemente cool para desayunar, entra en una tasca de viejos y se mete un bocata de calamares entre pecho y espalda, creando una nueva tendencia y acabando de un plumazo con la «Segunda Edad Dorada de las Chuches».

¡TRAGEDIA! ¿Es el fin de toda esa «Era de Oro Gusanitera»? ¡No! Porque, en la sucursal de Vicálvaro, nuestro buen hombre de las tienditas de caramelos puso al cargo a su sobrino, un tipo campechano (con perdón) y de barrio, el cual, ante la escasez de hipsters y la abundancia de raperos en el pueblo, se dedicó a expandir el negocio no limitándose a las pipas y los kikos, sino metiendo también el morrete en los campos de la papelería básica y la cerveza barata. El tema, según sus palabras, era que, día si y día también, le entraban un par de gorrillas a la tienda pidiéndole “Un par de latas y un boli para apuntar las rimas, tío!”. Y en esos términos aguantó de manera renqueante el cataclismo del “Bocata de calamares de Carlos Jean, consiguiendo un escueto pero suficiente éxito (desde el punto de vista de la subsistencia humilde) en cuanto a venta de género.

Pero dejemos la tiendita de Vicálvaro y volvamos a los Big Numbers, que se dice en economía. Los culturetas de palo madrileños abandonan las chuches en favor de la brand new fever por los bares de puretas que ponen bocadillos de calamares, y la franquicia de los caramelitos entra en bancarrota, llevando a la practica totalidad de los franquiciados a poner el cartel de “Se Traspasa”. Sin embargo, una minoría significativa de hipsters que no se apuntaron en su momento a moda de las chuches porque “era muy mainstream”, ahora las adoptan como su seña de identidad porque es lo mas outsider IN del momento. Ya se sabe como es esa gente…

Desafortunadamene, para este punto del cuento quedan ya poquitas tiendas de chucherías: Sólo se pueden encontrar cuatro gominolas mal contadas y a precio de caviar en las tiendas al peso de Cinesa o Yelmo Cineplex, y como todo el mundo sabe, ahí no se proyecta cine iraní. Ergo esta situación implica que haya que buscar un culpable al que crucificar (Porque la culpa siempre es de otro). ¿Y quien es el Brian Cohen de esta peculiar Pasión chucheriesca? Pues nuestro amigo de Vicálvaro, que vende gominolas a los niños y cervezas a los raperos.

Los gafapastas vintage y pro-chuches de medio Madrid (Los de “Los bocatas de calamares son muy mainstream”) le hechan la culpa de todo al pobre mozo, implicándole en saraos que van desde el calentamiento global hasta el Brexit, pasando por las muertes de Manolete, Bambi o Kennedy, e incluso de la injerencia reptiliana en el Club Bilderberg. Y por supuesto, también le echan la culpa de acabar él solito como único culpable con el tan «superauténtico» negocio de las chuches, basándose en la imperdonable afrenta de vender cervezas y bolígrafos bic a los raperos (Pecado mortal). El pobre hombre intenta defenderse de buenas maneras, aludiendo al affair de Carlos Jean con los calamares entre pan y pan, y alegando que únicamente pretendía vender Panojitos para llevar las lentejas a casa… Pero la comunidad cultureta ha dictado sentencia: ¡¡CULPABLE!! ¡¡CULPABLE!! ¡¡CULPABLE!!

El pobre hombre acaba con una depresión de caballo y termina cerrando la tienda. Y como final agridulce, un año después -como Gaius Baltar en Nueva Caprica-, se junta con su tío (Nuestro protagonista) y ya que tienen la lonja de Vicálvaro, la reabren y se dedican a vender chicles y Chupachups a los niños, cerrando el círculo de todo este follón.

(Fin, fundido a negro y títulos de crédito)

Ese mismo “año después”, y a modo de escena post-créditos de Marvel, en los barrios de Sants, Gracia y El Maresme (Barcelona), los hipsters mediterráneos disfrutan de la nueva moda: Comer chuches y beber cerveza barata aderezada con Rufinos, gominolas, rúcula y pepino, y servida en copa redonda con hielo seco (Mezclado y no agitado),mientras escuchan a VANILLA ICE, SNOW y Junior Mínguez. Y se hacen fotos para subir a Twitter e Instagram haciendo cuernos.

Y fueron felices y comieron Chaskis con sabor a perdíz.

Moraleja:

Esta es la razón por la que el postureo heavy llorón echa la culpa de todo mal al grunge (¡¡Boom!!).

 firmajorge

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