IRIDIUM (ESP) – Involución, 2018

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Seguramente a más de un lector le sonará IRIDIUM. Es inevitable cuando llevan unos cuantos años en activo. Pero diversos factores les afectaron (como a tantos y tanto grupos) y los pusieron en una situación de pausa, por decirlo de alguna manera. Lo que les pasa a todas las bandas que no cuentan con el respaldo de una mega discográfica o de un sacacuartos que durante un tiempo te ayuda a mover tu banda y al final te deja con el culo al aire.

Es por eso que IRIDIUM reaparecen como un ave fénix. Once cortes con una duración media de cuatro minutos. Un riesgo cuando los críticos andan poniendo las cabezas de muchos en picas por cometer el delito de sobreminutaje. Algo que podemos echar en cara a según qué bandas, pero no a todas. No cuando no sobra ni un solo segundo.

No hace falta más que una escucha al disco. Aquí no hay trucos de magia, no hay “gimmicks” ni sesiones de fotos a pie de océano. A esta gente les gusta el metal. Querían ponerse a prueba y dar un puñetazo en la mesa bajo el título de Involución. En pocas palabras, es un compendio del buen gusto, de ejecución limpia. La integración de estilos y conceptos es sublime.

Hacía mucho tiempo que no encontraba una banda que hiciese metal a secas. ¿GODSMACK? Faceless. ¿El Pray for villians de DEVILDRIVER? ¿Through The Ashes Of Empire, de MACHINE HEAD? Pues salvando las distancias este disco es eso. No quiero que penséis que IRIDIUM se parecen a estos tres ejemplos, pero necesitaba un contexto para expresar que aquí se hacen las cosas bien.

¿Pero qué nos encontramos en el apartado técnico? En primer lugar, imprevisibilidad. No hay un solo tema que siga estructuras de sota-caballo-rey. Y todo esto sin pretensiones de ser una banda progresiva que exuda pedantería y prepotencia. Algunas canciones tienen ramalazos muy doom, otras conceptualizan sobre material más hard rockero (madre qué punteos…) y algunas se permiten destellos de un thrash muy abierto de mente. Se que son muchas cosas… pero cuando tienes claro el concepto principal puedes ir encajando piezas externas y no notar un choque que te desmonte por completo el esquema.

La batería es heavy. Lo que entendemos por heavy de toda la puñetera vida. Esas baterías que te hacen resoplar y aun cuando intentas recrear en tu mente cogen y te dan un giro que te dejan con la ropa interior colgando. Borja Silva es impresionante… combina la precisión de un metrónomo con mil recursos. Lo mismo tienes un blastbeat aquí que pasamos a elementos más pesados y rítmicos, ahora unos platos ochenteros… Todo perfectamente integrado.

José Soto y Javi Caldito comparten las guitarras con una compenetración que os harán pensar en Glen Tipton y KK Downing o Kerry King y Jeff Hanneman. No penséis en quién es quién de los dos. Pensad en cómo interactúan, cómo pasan de uno a otro y no se rompe la dinámica. Hay una transición, una progresión. Un auténtico duelo de guitarras en el que el único herido es aquél que pille en medio. Volviendo a lo mencionado, la infinitud de recursos que incorporan sirve para enriquecer las canciones, sin abrumar ni saturar. Ahora algo de metal tradicional, un poquito de hard rock aquí y allá, tapping, detalles, brillo… Prestad mucha atención a las guitarras.

Jorge Guillén… pequeña mención personal. El tono del bajo, el sonido, la identidad… todo supera los sueños más húmedos de cualquier bajista. Ni se queda en el fondo de la habitación ni se pasa de querer protagonismo, sobresaturando de manera que cualquier descenso en su presencia resulte en un vacío. Está donde tiene que estar y trabaja detalles y filigranas que permiten ir un paso allá a todas y cada una de las canciones. No es solo que compacte el sonido, es lo que te permite ir un paso más lejos de lo que normalmente podrías.

Y cerrando la formación está César Ortiz. Cabalga entre varias escuelas y formas de afrontar vocalmente un grupo de metal. Tenemos agudos que recuerdan muchísimo a bandas de los noventa/dosmiles españoles. Pero sabe pulir y limar algunas de las asperezas del tópico, rasgando la voz ligeramente para distanciarse de tropo y permitiéndole ciertos malabarismos, no quemarse con vibratos innecesarios y haciendo algo que no acostumbran a hacer muchas bandas.

Se tiende a separa al vocalista de los coros, diferenciar cada parte para que se tenga claro quién ejerce la fuerza y quién el apoyo. A veces funciona y a veces te salen cosas que te dan ganas de coger al vocalista y azotarlo con el cable del micro. Esto no va a pasar aquí; hay una integración y un trabajo en equipo que para mí ha sido un acierto. No todos tus músicos van a tener el mismo tono de voz, el timbre será distinto y seguramente las notas que se alcancen sean tan diversas que con dos o tres personas lo único que seas capaz de hacer sea una chapuza. Pero si consigues que todo el mundo trabaje la misma línea te permitirá dar énfasis a las partes que requieren voces adicionales y destacar al vocalista justo cuando hay que hacerlo.

¿Por qué sucede esto? Porque el vocalista no es solo un puesto a cubrir en la grabación. Es una pieza más, es un engranaje que no entorpece al resto y que hace que giren de una manera distinta.

En definitiva, IRIDIUM pueden parecer una banda al uso, pero la realidad no puede ser más distinta. Han sabido coger fórmulas tradicionales y revertirlas, manipular los elementos a su favor para crear algo que reconocemos y nos es familiar, con un estilo que sabe alejarse de lo tradicional. Como dije antes, son metal a secas. ¿Pero tradicional? Para eso poneos un disco de JUDAS PRIEST.

No se nos ocurra menospreciar a IRIDIUM. Puede parecer que han simplificado todo, pero nos va a costar encontrar una obra tan compleja y al mismo tiempo accesible.

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