Í MYRKRI (DNK) – Black fortress of solitude, 2019

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En el automovilismo existe una figura denominada «gentleman driver» empleada para describir a todos aquellos pilotos que, sin ser profesionales, tienen una cuenta corriente lo suficientemente abultada como para permitirse correr fines de semana alternos en diversas competiciones internacionales. Nunca destacarán por sus buenos tiempos ni ganarán ningún título frente a otros que sí se ganan el pan con el volante, pero lo hacen por diversión y porque pueden permitirse un hobby de precios estratosféricos. 

En el fondo es una filosofía que abunda en el precario ámbito del metal extremo. Simon Gardarsson, un artista danés que se dedica a hacer portadas de discos de metal extremo (suponemos que entre otras cosas), decidió montarse un grupo de black metal tras crear una ilustración que, según él, pegaba para un disco de dicho estilo. Ya que ningún grupo se hacía con la imagen, decidió crear la música que le evocaba dicha representación, contactar con un vocalista (en este caso Lane Chaplin de ARMORER) y ponerle un nombre a la criatura. Un hazlo tú mismo de libro. 

Por ello, el primer trabajo de esta entidad denominada Í MYRKRI y creada este mismo 2019 (En la oscuridad, en español) es un disco de black metal hecho por un amante del estilo y por ello no abandona en ningún momento las líneas maestras del black metal con tintes atmosféricos, ni pretende ser original. Simplemente busca responder a los designios de su autor: Metal negro por afición e idolatría. 

Tremolo pickings, medios tiempos, voces rasgadas y con algo de reverb… Todo está aquí, nada inesperado y/o soprendente, pero igualmente disfrutable. Se nota que Simon conoce al dedillo el estilo. No sólo por las manidas señas de identidad que maneja, sino por disponerlas de manera adecuada para su propósito final. Si unimos los conceptos black metal y hazlo tú mismo no sería extrañar asociarlo a la vertiente más cruda y directa. Al fin y al cabo es coger un cuatro pistas, grabarlo en cualquier sitio y quemarlo en un CD o cassette (algo que no recalco como negativo, pero sí hago hincapié en su legítima sencillez). Pero Gardarsson ha optado por una producción mucho más limpia, con un punto de suciedad justo, lejos del raw black y más aún de una obra grabada en un estudio profesional con una buena cantidad de pasta de por medio. Los toques atmosféricos están en un segundo plano durante toda la obra, tan sólo ocupando el sitio de actor principal durante algunas introducciones y términos de canciones, dejando el trabajo de perderse en las evocaciones atmosféricas a otros artistas como WOLVES IN THE THRONE ROOM. Este toque justo de ambiente «amortigua» la dureza del conjunto y lo hace más asequible tanto para el oyente más dedicado como para el casual.

Aunque se trata de una propuesta inteligente, que sabe exactamente qué teclas tocar y cómo, dista de ser perfecta. Falta una canción o un momento que destaque por encima del resto. Porque cuando te riges únicamente por el manual de estilo eres presa fácil de la homogeneidad. Y ante ello, el único remedio posible es un corte que sea más diferenciado, ya sea metiendo el acelerador o dando más espacio a la atmósfera. Es decir, un viaje que de vez en cuando cuente con alguna curva en vez de tanta línea recta. Dicha curva, siempre introducida con moderación, no tiene por qué alterar gravemente la marcada visión del artista. 

Teniendo en cuenta las características bajo las que se ha formado Black fortress of solitude, poco importa lo que yo o cualquier otra persona que reseñe este álbum escribamos, pues algo me dice que el artista ha cumplido un pequeño sueño, y ante eso lo demás está en un terreno secundario. 

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