HELA (ESP) – Vegvisir, 2019

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Hay dos cosas que llaman la atención de primeras con HELA, antes de adentrarnos de lleno en lo que es el disco. Su nombre, con relación al género que practican, y la cantidad de canciones que forman el disco. Lo segundo tiene una explicación sencilla si observamos su discografía. Prefieren menos cantidad pero mayor extensión, lo que te permite salirte de determinadas formas y patrones si sabes ejecutarlo correctamente. Y lo saben hacer, y hablaremos de ello un poco más adelante.

Lo primero ya requiere un poco más de contexto para quienes no hayan ahondado tanto en el tema. Hela, en la mitología nórdica, era la diosa del inframundo (Hel) y la muerte. Y dicho así suena demasiado evidente y casi vago (doom metal, muerte, la diosa de la muerte…), pero coge un nuevo sentido cuando observamos la descripción que hace esta cultura de dicha diosa. Un lado de su rostro es de una extrema belleza y serenidad mientras que el otro es carne en descomposición, fealdad y un hedor tremendo. Representa una dualidad, y las dos formas en las que los seres humanos vemos la muerte.

Y dicho esto, este Vegvisir nos lleva por el camino por el que ya nos llevaron sus anteriores trabajos, pero buscando encontrarse a sí mismos (de ahí el uso de la brújula -el símbolo con dicho nombre- como forma de bautizar este trabajo). Son cinco canciones, una menos que en discos previos, y un cambio en su formación (la vocalista Ayla-Mae Coghlan). Quizá es una forma de invocar aire fresco o simplemente otras necesidades, pero desde luego se aprecian ciertos elementos no tan tradicionales en el doom que le restan pesadez.

Y esto lo digo en el mejor de los sentidos. Tiene apuntes de rock o metal gótico como no veía desde finales de los 90 y principios de los 2000, y casi detalles de shoegaze que conjuntan perfectamente con un estilo que normativamente ha sido pesado, oscuro y en absoluto con unos pasajes brillantes y etéreos que podemos encontrar en «Golden snake«, por ejemplo. Es casi una forma de llevar a un estilo vanguardista cosas que ya se habían hecho y que habrían quedado simplemente aburridas de haber seguido exactamente la misma dirección.

No es que la guitarra y el bajo sean un elemento crudo y el batería una bestia desbocada, sino todo lo contrario. Son un acompañamiento relativamente ligero a una voz limpia y clara que sabe recitar más que ejercer de lamento. Todo se entrelaza en una armonía bastante alejada de convencionalismos, permitiéndose no recurrir a sobresaturaciones ni elementos tan cercanos al metal o al rock. Ante una crítica a ciegas, casi podríamos decir que tiene elementos de pop o música indie (de la que nace del verdadero underground, no de géneros para un consumo masivo en emisoras de usar y tirar, por supuesto) o de corte alternativo de países escandinavos, muy dados en los últimos años a una faceta intimista y minimalista frente a la grandilocuencia y orquestas gigantes de lanzamientos de mediados de esta década.

Quizá es esto lo que hace que las letras, de un corte muy íntimo y casi frágil, se potencien hasta niveles de una elegancia que se echaba en falta. No es que se pueda expresar mucho más sin que escuchéis el disco por vosotros mismos… Quizá nos encontremos ante uno de esos discos que se comprenden mejor en la intimidad y tratando de identificarnos con lo que narra que atendiendo a lo que se nos cuenta sobre él.

Porque es la forma en la que se desarrollan los cinco cortes (siendo el primero el de menor duración con siete minutos y medio) lo que nos guía como ese Vegvisir, esa brújula islandesa utilizada como talismán, y que aquí se traduce en un concepto sonoro que probablemente nos desvele conceptos de nosotros mismos que desconocíamos. Creo sin duda que es el disco que le hacía falta al doom.

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