BELL WITCH (USA) – HIPOXIA – Madrid – 22/03/2018

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El poder de los medios de comunicación no deja de sorprenderme. Son capaces de lo mejor y de lo peor, y en cualquier caso dan visibilidad a lo que de otro modo pasaría desapercibido. Algo así debe pasar con el dúo BELL WITCH. Llevan ocho años en activo y tres discos a sus espaldas, el último de los cuales, Mirror reaper, lleva su formato musical al límite, con un único tema de 83 minutos de duración dividido en dos partes por simples problemas de espacio en la forma material de lanzar su música. Incluso con estas premisas, y su base estilística anclada en el sludge más funerario y mortuorio, el grupo ha logrado hacerse hueco en publicaciones de todo tipo y que gustan a un público variopinto. Como el propio Dylan Desmond, bajista y cantante del combo, ha dicho alguna vez: “estoy bastante sorprendido de que haya tanto interés en canciones lentas de 83 minutos con letras que hablan sobre ahogarse o ser despellejado vivo”.

Pues sí, lo hay, y a tenor de lo vivido este jueves en la sala Wurlitzer de Madrid (y el día anterior en Barcelona), justificado en lo musical. Además, como reclamo adicional, los locales HIPOXIA, que presentarían (bueno, tocarían sin más) un tema nuevo de un futuro lanzamiento que promete mucho, escuchando los vericuetos que nos expusieron en directo. En cualquier caso, sin poner el cartel de no hay billetes, lo que en otra circunstancia sería un bolo muy minoritario congregó a casi cien almas en la sala madrileña, dispuestas a entrar en un trance de violencia y exaltación como no hay otro igual. Y eso que no muy lejos los holandeses GOD DETHRONED estarían descargando su death metal de vieja escuela. El público se repartió y alguno, me consta, hasta trató de hacer doblete.

Como es habitual en la sala madrileña, las puertas se abrieron tarde pero la puntualidad con la que salió HIPOXIA al escenario fue británica. Bueno, al escenario y más allá, porque tanto JK como E tocaron desde el suelo de la Wurlitzer, lo que para mi gusto fue un acierto, en una sala de escenario minúsculo y de poca altura en donde da igual que te subas a escena que desde atrás no te ven. De esta manera lograron hacer partícipe al público de las primeras filas del trance sónico que salía de los altavoces, mientras los movimientos espasmódicos de todos y en especial de E, que acabó sudando la gota gorda, se convertían en un mar de vaivenes extracorpóreos nihilistas.

Y para nihilista la apertura que escogieron para comenzar pasadas las diez y cuarto de la noche: “Nothing”, el tema estrella del hasta ahora su último disco, Si devs esset Occidendvs erit – Monvmentvm ab khaos I –. Sus 22 minutos de duración fueron interpretados con absoluta fiereza por parte de todos, aunque al principio las voces cacofónicas de E se apreciaran poco. Los acoples drónicos, los ritmos mecánicos de K detrás de los parches y el pulso firme de O.S. hicieron que poco a poco los cuellos de los allí presentes se empezaran a mover en comunión perfecta con el profundo significado de las letras de este tema que acaba en un bucle inacabable de “Nothing, nothing, nothing…” con un E absolutamente esquizofrénico que por momentos parecía salirse de sí mismo.

La segunda parte de la descarga recaería en un tema aún no nato que no presentaron, aunque en privado me adelantaron su nombre: “Urine on sacrifice wounds”. Previamente, la ya de por sí poco luminosa sala madrileña se quedó prácticamente a oscuras porque los focos estaban haciendo sudar a todos los miembros del grupo y en especial a O.S., con lo que el documento gráfico de esta crónica ha puesto en un desafío profesional a mi compañero Alejandro Ortega para intentar sacar alguna instantánea que lograra captar el alma de la noche. Esta nueva composición deja ver un punto más dinámico e intenso si cabe en la música de HIPOXIA, con cambios de ritmo en su parte central que acaban por estallar en una densidad creciente y casi orgásmica en su final apoteósico. Muy buenas vibraciones me da el nuevo trabajo de la banda con este escaparate tan bueno, en una descarga que nos hizo entrar en estado catatónico durante 45 minutos.

El cambio de escenario no fue tedioso porque BELL WITCH sólo son dos miembros, pero hubo que reconfigurar todo el set de batería incluyendo el sampler que Jesse Shreibman utiliza como complemento ambiental y orquestal en los temas. La sala Wurlitzer estaba ya casi llena pero, aún así, mientras me acercaba a saludar a los miembros de HIPOXIA pude ver entre el público a los componentes de ANGELUS APATRIDA que están de promoción estos días por Madrid (el día anterior estuve entrevistándolos) y habían aprovechado para enriquecer sus oídos con otras tendencias musicales ajenas a las suyas propias. Una muestra más del variopinto público que poblaba la sala.

Con poca ceremonia, con un par de pruebas sonoras más para comprobar que todo estaba en su sitio, comenzaba el dúo americano a desgranar su más reciente lanzamiento, Mirror reaper, con el bajo de Dylan sonando atronador incluso en los acordes ambientales que dan inicio a esta magna composición, mientras su compañero Jesse estaba totalmente agachado sobre su set a la espera de empezar a bombear sangre a la música de BELL WITCH. La duda estaba en si tocarían sólo la primera parte de esta obra (“As above”), con la que ya rellenarían 50 minutos de concierto, interpretarían parcialmente también la segunda parte o mirarían un poco atrás en el tiempo a alguno de sus dos trabajos previos, Four phantoms o Longing. Sea como fuere, el trance había empezado en medio de la penumbra y con el público preparado para dejarse llevar.

La entrada de Jesse fue tan atronadora como la distorsión de Dylan. Cada golpe, cada elemento usado por el batería del dúo, perfectamente medido y calculado, daba un nuevo paso en el viaje al abismo y su cavernosa voz nos laceraba sin remedio la piel a tiras según se escupía. En disco cuesta entrar, lo reconozco. De hecho creo que a BELL WITCH se les ha ido un poco la pinza con su último trabajo, pero en directo, con ese volumen, esa parsimonia, ese movimiento de manos de Dylan que sostiene las notas de sus riffs hasta que ya están al borde del acople, uno acaba por rendirse a la magia. Magia que fue absolutamente genial cuando Dylan empezó a cantar con su voz limpia y la sección intermedia de “As above” nos envolvió: él sólo hacía llorar a su bajo, ante la atenta mirada de los allí presentes, callados de forma sepulcral. Sólo se oía el tintineo de las botellas de la barra de la sala, que resultaba hasta molesto. Tal era el grado de comunión que había logrado el dúo.

Tras este momento de levedad sonora, los truenos y las cavernas volvieron, y la hipnosis cíclica no nos dejó, de forma cada vez más ensordecedora. El trance fue tal que hasta una espontánea chica del público se subió en uno de los altillos del escenario y no pudo refrenar sus movimientos acompasados con el pulso de BELL WITCH, pasando desapercibida totalmente a los miembros del combo. Dylan volvía a quedarse solo, la melodía final se difuminaba y Jesse volvía a agacharse sobre su set. La magia llegaba a su fin. La música se diluía y ambos se levantaban en ademán de recoger. Los aplausos fueron tímidos, hasta que nos dimos cuenta de que todo había acabado y aplaudimos todos. Yo tenía el convencimiento, después de algo más de 50 minutos desde el inicio del viaje, de que tocarían alguna pieza pretérita… pero no fue así. Dylan y Jesse prefirieron dejarnos con el cuerpo embriagado de éxtasis sonoro… y con la duda de si en el festival Roadburn, donde tocarán por primera y única vez Mirror reaper en su integridad, este trance se lograría extender hasta los 83 minutos.

Dejando a un lado temas de medios o modas, lo cierto es que BELL WITCH logra transmitir y conectar con su arriesgada propuesta. Desde lo acontecido el pasado diciembre con WARNING en el festival Madrid Is The Dark no había experimentado un viaje tan profundo hacia lo más profundo de nuestro ser. Conexión absoluta música, banda, público. Magia.

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