ASPHYX (NLD) – Necroceros, 2021

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asphyx_cover_necrocerosLa genial banda neerlandesa suele dejar bastante espacio entre sus lanzamientos generando siempre una gran expectación entre sus seguidores, y no podemos más que congratularnos de que ASPHYX hayan decidido darnos otra de sus soberanas palizas de death metal en el segundo año pandémico del nuevo milenio. Estandartes del género, esta formación ya es una de las más míticas surgidas de los Países Bajos, esa nación idílica y supuestamente ejemplar y que ha sido cuna de algunas de las bandas más genuinas que nos ha dado este pútrido estilo. Bien es cierto que las llanas estepas holandesas fueron en su día escenario sangriento de algunas de las más cruentas batallas de la II Guerra Mundial, y algo de aquel carácter belicista es el que han asumido como propio muchas de las bandas de metal extremo surgidas de aquellas latitudes. Este es el caso de ASPHYX, que a su vez está emparentada con otra de las grandes: PESTILENCE, y es que el vocalista Martin Van Drunen formó esta banda tras haber grabado con aquella dos obras maestras del género como son Malleus Maleficarum y Consuming impulse.

Si bien PESTILENCE siguieron su camino, dando forma a su genuino death metal técnico, ASPHYX se metieron de lleno en el lodazal de lo que vino a conocerse como death doom metal; inmundicia, terror, muerte y desolación. El décimo disco de la banda que ahora se edita, Necroceros, es otra hormigonera de licuar tripas, una nueva avalancha de riffs aplastantes, voces agónicas y amor desenfrenado por coleccionar cráneos en universos surrealistas, víctimas de los más salvajes headbangings. Es, simple y llanamente, lo que cualquier  persona seguidora de ASPHYX espera de ellos. La banda sonora ideal para levantarte de mañana, clavar a tu jefe en una cruz y azotarlo hasta que vomite las nóminas pendientes.

La banda tiene una forma de trabajo muy metódica y en Necroceros se cumplen todas las premisas de anteriores trabajos, esa perfecta armonía entre temas más acelerados y otros realmente lentos y pesados. El trabajo da comienzo con “The soul cure is death”, que muestra la faceta más rápida de la banda. La avalancha sónica se precipita con la única e insana intención de machacar cabezas. La banda es lo suficientemente inteligente como para hacer respirar los temas, y hasta aquellos que siguen un patrón más zapatillero tienen esas partes doom tan características en esta formación y, si se me apura, creo que en este trabajo las han trabajado todavía con más mimo, poniendo énfasis en unas guitarras mucho más emocionales. Todo amparado en una producción realmente explosiva. “Morten black earth” ya ralentiza el ritmo, y aquel que les tenga pillada la matrícula adivina que el disco no va a ser uno más al uso dentro del poblado universo deathmetalero. Aquí hay diversión para dar y tomar; la somanta de palos no hace nada más que comenzar. “Mount skull” arranca con un riff pérfido como la negrura de la más profunda de las catacumbas antes de coger varilla. Un corte que se acaba asimilando bastante bien; busca acongojar, aunque aproximándose a tesituras más modernas y melódicas al uso de unos DISBELIEF. Me parece destacable lo trabajadas que están las guitarras, donde podemos apreciar las rasgaduras de la púa. Tienen textura y gordura, y los solos son una locura. Sin perder de vista la montaña de cráneos anterior, arranca uno de los temas que la banda utilizó para promocionar este trabajo, “Knights templar stand”, que como se puede adivinar está dedicada al sinsentido de las guerras de religión. Corte con varios cambios de ritmo y una oscuridad latente, arrollador como todos pero trabajado como para que merezca la pena destacarlo un poco más.

La segunda parte del disco es mi preferida. Aquí se encuentran los temas más doom y agónicos. “Three years of famine” nos habla de pestes y hambrunas en tiempos dictatoriales, buena banda sonora para tiempos tan aciagos como los que nos ha tocado vivir. Martin Van Drunen está en su salsa, arrastrando palabras como aquel moribundo que se niega a claudicar. De repente se marcan una parte bastante tranquila y emotiva que no hace más que agrandar semejante lección de podredumbre sónica en la vena del mejor y más austero death metal melódico. “Botox implosion” (gracioso título) es de esos que suelen incluir en plan AT THE GATES en modo garrulo. Pura tralla para destensar un poco el asunto. Tiene todos los alicientes para que se monte el cristo en los conciertos si es que algún día vuelven a celebrarse. A estas alturas del circo más o menos ya adivinamos que tras un tema acelerado vendrá otro más pausado. “In blazing oceans” redunda en la versión más pesada de la banda pero sin la épica de los anteriormente relatados. Acaso el punto más flojo del trabajo; un pequeño lunar antes de encarar la tríada final. “The nameless elite” puede que sea el corte que más se va a recordar de este trabajo. Es, realmente, el típico corte que ejemplifica a la perfección la propuesta de esta banda desde su formación, en unos tiempos que ahora ya nos parecen de otra era. Tuvieron que pedir permiso para grabar el videoclip en un famoso museo de guerra de su país porque así son ellos de chuletas. “Yield or die” aporta poca cosa, aunque a estas alturas la banda se ha puesto el listón bastante alto y no les culpo por ello. El final está reservado para mi corte preferido junto con “Three years of famine” y se trata de “Necroceros”, con un desarrollo bastante atípico, una primera parte más ambiental que funciona a modo de introducción antes de que la épica de las guitarras tomen el control. El tema se cocina a fuego lento y para cuando te des cuenta estás absorbido por el microcosmos que esta gente es capaz de recrear. Pieza larga de más de siete minutos, algo también bastante inusual en ASPHYX y donde, en cierta manera, podemos decir que la banda ha “experimentado” algo.

Como se suele decir, la experiencia es un grado y ASPHYX nos lo demuestran en este trabajo. Sin inventar nada dejan claro por qué están en un nivel superlativo. Sin duda alguna son una de las grandes referencias actuales en cuanto a death doom metal, con un Paul Baayens pletórico en las guitarras y en las tareas de composición y un Martin Van Drunen tan genuino como siempre en las voces; y con estas referencias no quiero desmerecer en absoluto el trabajo del resto de los componentes.

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