AHTME (USA) – Mephitic, 2020

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Algo pasa en Los Osos, California, en las oficinas de Unique Leader Records. La cantidad de brutalísimo movimiento que se está generando allí es tal que los propios osos de Los Osos han bajado de las montañas para hacer pogo al tiempo que se sacuden con salmones a modo de porras delante de la sucursal del sello estadounidense.

Trabajos han salido o están por salir de bandas tales como INGESTED, CYTOTOXIN, HUMANITY’S LAST BREATH, EXOCRINE, STILLBIRTH, KATALEPSY o SIGNS OF THE SWARM. Ya sólo escribiendo este listado he perdido un testículo y se me ha quedado la cara de David Sobrino cuando va de bautizo. Así pues, a esa lista hay que añadir un trallazo más editado por Unique Leader, como es el segundo larga duración del combo de Kansas City, AHTME. Quienes ya me volasen la tapa de los sesos en su día con Sewerborn vuelven dos años después con un nuevo y obliterante ejercicio que nada tiene que envidiar a otros esfuerzos death metaleros más reconocidos por el público y la crítica.

Cuando haces que el oyente piense con rapideath en bandas como MISERY INDEX, los franceses FATAL, SOREPTION, AEON, SUFFOCATION o PSYCROPTIC es que lo estás haciendo macanudamente bien. Tienen ese factor de brutalidad que les permite andar entre las turbulentas aguas que separan los continentes del death metal y el brutal death, como bien les pasa a los ya mencionados SUFFOCATION. Pero en el caso de AHTME, imprimen un punto extra de técnica con respecto a los neoyorquinos, coqueteando con modos más habituales en bandas técnicas progresivas.

Mephitic es uno de esos discos que enganchan desde la primera escucha y que escuchas varias veces seguidas con facilidad, pues en cada nueva vuelta puedes encontrar nuevos detalles y recovecos en los que quedar atrapado. Para empezar, el apartado de percusión es una puta animalada. Ya no únicamente porque vaya (cómo no) a toda hostia, no. Jordan Plumer se ha empleado a fondo una vez más para no parar de crear ritmos, para meter desquiciantes e incesantes redobles, precisos y finos latigazos a los platillos (con los que no para de jugar y proponer figuras muy interesantes) y en definitiva aportar flow, groove y bailoteo canalla a un disco que a cualquier otro batería sólo le hubiera pedido pura zapatilla cuadriculada.

Parte de ese groove que propone la batería va paralelo al que emana de las guitarras, pues juegan con esos flashazos groovies con asiduidad para darle fluidez y versatilidad a los temas, además de imprimir pausa cuando toca para retomar la cera con fuerza y furia renovadas. Me puto flipa la facilidad y criterio con el que incluyen pinch harmonics; me parece que son microdosis casi efímeras de violencia cerebral que, además de quedar súper guapos, me sientan de puta madre mentalmente hablando. Cada vez que escucho un pinch de estos, ya no siento la necesidad de asesinar a nadie. Por supuesto, no quedan las guitarras fuera de ese torbellino de violencia, expeliendo ponzoñosos y perjudiciales riffs de guitarra, que te van deshaciendo la piel a jirones. El bajo, por su lado, suena demoledor, con la presencia justa para poder distinguirse, pero lo suficientemente nivelado entre las guitarras y la batería como para que no pensemos que el bajista es quien ha producido el disco.

Por último, pero no menos destacable, las voces de Brent Turnbow, que, si bien no sale del gutural grave, es capaz de hacer uso de la técnica para abrir un poco el gutural, modular o incluso cerrar un poco más si cabe su registro para poner un violento y asfixiante broche a esta infame abominación en forma de disco. El death metal este año está de enhorabuena y es gracias a discos como este.

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