БАТЮШКА (BATUSHKA) (POL) – Панихида (Panihida), 2019

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Pocos serán los oídos en la escena del metal extremo que no conozcan el nombre de BATUSHKA. En 2015 sacudía las redes con el lanzamiento de Litourgiya, que generaría incontables opiniones y debates acerca de la identidad de los miembros y su posición respecto al tema religioso que trataba. De igual manera, la ya consabida trifulca de taberna en la que se convierte la asignación de etiquetas y géneros musicales desbordó las redes sociales con las acostumbradas y banales discusiones acerca de la ubicación exacta del cuarteto, en el espectro que abarca desde el extremo de lo underground al de lo mainstream.

En un irónico e involuntario ejercicio de sarcasmo existencial, BATUSHKA replicaría la ruptura entre la Iglesia ortodoxa rusa y la Iglesia ecuménica de Constantinopla, casi al mismo tiempo que ésta sucedía, dando lugar a su propio cisma.

Aunque todo apunta a un movimiento ilegítimo de sus antiguos compañeros, no entraré a valorar las circunstancias que rodean este hecho, que daría para un largo artículo, sino el lanzamiento por sorpresa de Панихида. Krzysztof Drabikowski, fundador de BATUSHKA, continuó su proyecto bajo la misma denominación, pero utilizando el alfabeto cirílico, con БАТЮШКА.

Панихида (Panihida), que es una oración por el descanso eterno del difunto en la Iglesia Ortodoxa Bizantina, tiene una estructura muy similar a Litourgiya. Cada una de las ocho pistas es un Песнь (réquiem) que, siendo ecuánimes, guarda mucho más parecido con su predecesor que lo que hasta ahora hemos podido escuchar de sus antiguos compañeros.

Песнь 1” abre el disco e inmediatamente evoca esa atmósfera ritual oscura y eclesiástica. Los trémolos y los cantos litúrgicos suenan familiares, si bien desarrolla un ritmo más pausado. No pasa por ser el tema más inspirado del disco, causando que el inicio sea algo dubitativo, casi a modo de introducción. “Песнь 2” en cambio, supone un salto cualitativo, con un arranque vertiginoso y una parte central ambiental que enderezan un rumbo que será continuo y sostenible hasta el final. Las siguientes pistas mantienen un estilo y desarrollo similar con pasajes más ambientales, otros de black metal más furioso y fragmentos intermedios en el que ambas vertientes se complementan, siendo probablemente las que más evocan el espíritu con el que BATUSHKA se fundó.

Podría analizarse más detenidamente cada una de las canciones, pero resulta inevitable abordar un asunto que subyace desde el primer segundo de reproducción: la triple comparación entre Litourgiya,  “Chapter I: The Emptiness – Polunosznica (Полунощница)” y Панихида. Por un lado, como ya apuntaba anteriormente, el trabajo de Drabikowski es más fiel al pasado de la banda, mientras que los miembros restantes de BATUSHKA han optado por escoger un camino diferente, con un punto más post, que será objeto de análisis cuando salga a la luz su disco.

Otra arista de este triángulo apunta hacia la producción. No cabe duda de que Панихида suena más crudo incluso comparándolo con Litourgiya y, aunque los resultados a este respecto son más que aceptables, se nota que el proceso de posproducción ha adolecido de capacidad para pulir detalles. Probablemente sean dos los factores de esta falta de maduración: la ausencia de un sello que ofrezca una red de seguridad y, sobre todo, el apresuramiento a la hora de adelantarse a BATUSHKA en el lanzamiento.

El resultado es una obra algo menos minuciosa con una ornamentación más ruda. De alguna manera pareciera que la exaltación religiosa de Litourgiya haya pasado de la esplendorosa solemnidad de un templo a la liturgia clandestina de Панихида, como si los fieles expulsados de una congregación mantuvieran viva su fe en las entrañas de una catacumba.

No se puede negar que esto tiene un lado negativo: la incapacidad sobrevenida que obliga al creador a renunciar a su derecho a la creación sin límites, al mismo tiempo que se ofrece al público una obra que nace en cierta manera amputada. Por otro lado, lo cierto es que Панихида es una obra gestada por el gran talento de un artista e incubada al calor de sus circunstancias. Los oídos que se presten a este rito no deben esforzarse por escuchar lo que pudiera haber sido, sino lo que es: una última despedida a los difuntos que no ha sido compuesta en el cálido recogimiento de un lugar sagrado, sino en la fría soledad de una trinchera.

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