VIOLBLAST – Conflict, 2016

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El thrash. La tortilla de patata del metal. Directrices sencillas, pocos ingredientes, y en cada casa se prepara de una manera. Hay opciones para vegetarianos (sustituyendo el huevo por otros ingredientes, como la harina de garbanzo) y gente que no la puede comer sola, necesitando ir acompañada de un buen gazpacho. Voces rasgadas, o agudas como en el metal más ochentero. Blast beats, o doble bombo infernal, sencillo como un chupete. Bajos de cuatro o cinco cuerdas.  Lo que queráis. Absolutamente lo que queráis. Va ser thrash, y va a seguir siendo una puñetera tortilla de patata. ¿A dónde quiero llegar con esto? A que a pesar del fenómeno revival, el thrash sigue vivo. A algunos les parecerá aburrido, y a otros les parecerá lo mejor del mundo. Pero lo que de verdad hay que valorar es seguir haciendo un género tan simple como este, aportando una identidad que te permita diferenciarte de los otros miles de grupos que hacen lo mismo que tú, con exactamente las mismas influencias. Claro que es algo que pasa en otros géneros… pero las distintas corrientes han dado pie a subgéneros. Y en el caso de thrash, se ha mantenido “más tradicional”, permitiendo que sea la identidad (y no los subgéneros) los que identifiquen a cada banda. Es lo que nos permite saber si lo que escuchamos es TESTAMENT o METALLICA, si la voz pertenece al vocalista de CRISIX o al de NUCKIN’ FUTS

¿Y qué tiene VIOLBLAST? ¿Cuál es su identidad? Vistos desde fuera, sin escuchar absolutamente nada, no dejan de ser una banda al uso, tipografía incluida. Algo que los fans más cercanos al género adoran y disfrutan… Pero cuando pegamos el primer bocado de esta maravillosa tortilla… ¡Qué gusto! ¡Una maravilla! Si no fuese blasfemia, cambiarías la de tu abuela por esta.

El sonido es algo más crudo que el thrash corriente, sin perder para nada ese toque afilado. La batería es mucho más frenética, acelerando lo suficiente el ritmo para que los punteos de guitarra queden bien arropados (impecables, una maravilla) sin llegar al punto de no retorno en el que cualquier amago de desacelerar, resulta en perder el control y estrellarse de la manera más estrepitosa.

Con canciones de tres minutos de media, no es que se salga demasiado de los cánones. Pero es que a veces tampoco hacen falta composiciones de doce minutos cuando trabajas con un género como este. ¿Le pedirías a una tortilla de patata que sepa a caviar? Ni falta que le hace. Pues con este Conflict igual. No es que sea poco exigente consigo mismo… Tampoco caigamos en ese error. Sabe aportar mucho con un bajo dominante que no deja que suene nada a vacío (algo que no todos los vocalistas que son al mismo tiempo instrumentistas son capaces de hacer, porque se termina sacrificando algo para favorecer la otra faceta).

No voy a decir que se trata de un disco elegante, porque ni lo es, ni pretende serlo. Viene a lo que viene, a por ti. Ya sea con secciones más lentas, como una amenaza muy subida de tono, o con pasajes más rápidos, como una furiosa y desquiciada tanta de puñetazos. Pero todo en el orden correcto. Esto nos revela que el disco tiene un orden por alguna razón concreta (y me encanta, odio escuchar canciones salteadas o fuera del list que les corresponde), ya no solo para mantener un equilibrio sonoro-estético, sino para el producto final sea más compacto, y evites saltar canciones. Nueve pistas (incluyendo la intro de minuto y medio, largo) y apenas me he dado cuenta de lo que ha pasado. Y es fascinante, porque es thrash del de toda la vida, con matices muy interesantes que deberían servirnos para reconocer esta banda suene donde suene. Las voces (y los coros y acompañamientos en canciones como “Bearing Witness”, que sin ser la más larga, es una de las más intensas) que no tienen un segundo de respiro, y a veces me recuerdan a un Tom Araya muy bien cuidado, otras a un Chuck Billy desatadísimo, creo que son un punto muy positivo. Parte de esa identidad que os harán seleccionar esta banda sobre otras, desde luego.

No es que el resto de componentes del grupo no estén a la altura… Es simplemente que creo que es el detalle que destaca. Las guitarras se salen e invitan a mover la cabeza, y la batería es de estas que cuando sales del concierto, sientas cada golpe en el pecho y la sangre pulsante en la sien. Y al final, es lo que cuenta. Esa sensación de adrenalina recorriendo tu cuerpo, haciendo que te retuerzas de placer, repitiendo una y otra vez. Lleve cebolla, o no.

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